una cabra huele…¡a queso de cabra!

¡Es cierto!
Cuando has vivido durante toda tu vida en la ciudad, con escasas escapadas “al campo”, el olfato es un órgano casi molesto. La anestesia olfativa que sólo traspasan los perfumes y cremas de marca -diría que diseñados especialmente para ello-, y algunos suculentos platos gastronómicos, sufre un colapso cuando es expuesta a los “desagradables” y naturales olores del campo.

Al acercarme a Pía, una dulce y tranquila cabra del prepirineo -mi primera cabra-, me vi de pronto ante un mesclum de ensaladas y queso de cabra. Bueno, pensé, qué auténtico, el queso de cabra artesanal impregna el ambiente. Acerqué de nuevo mi nariz cerca de la carita de la cabra que me miraba. Era ella. ¡Era ella la que olía a queso de cabra! A lo que huele el queso de cabra ¡es a cabra!. Vaya, vaya…

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