la primera vez no se olvida

Al igual que recuerdo el primer beso que R.R. me dio –teníamos 8 años y fue en un ascensor-, no se me va de la cabeza la sensación de la primera vez que mis manos agarraron las tetas de Cabra.

Cabra tenía las tetas gordas, llevaba dos días sin ser ordeñada. Xavi, que habitualmente se encargaba de la tarea, salió el fin de semana con su familia. Así que me lancé.

Agarré sus tetas y los milagros empezaron a surgir: se acoplaban perfectamente al tamaño de mis manos; su temperatura era tibia y acogedora; y tras un par de “estrujadas” sin éxito –¡a mi me hacen esto y lanzo un instintivo bofetón!-, el cazo empezó a recibir la leche que manaba de sus pechos.

Tras ofrecerme casi un litro de leche, las tetas de Cabra parecían dos globos desinflados pero a ella no pareció importarle, ni creo que se planteara pasar por quirófano e inyectarse silicona.

Olfateé mis manos; olían a cabra, a alimento, a regalo.

La recordaré como Cabra, la primera que permitió que mis inexpertas manos apretujasen sus ubres sin que mediara una presentación; tan solo unas cuantas algarrobas.

Yo no recuerdo haberme dejado “manosear” sin al menos conocer su nombre, como tampoco recuerdo la primera vez que mis manos cogieron un mouse.

Gracias Cabra.

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