¡mucha mierda!

Choca la primera vez que escuchas a los profesionales vinculados al mundo del espectáculo decirse: “¡mucha mierda!” cuando quieren desearse toda la suerte del mundo.

Y ¿en cuántas ocasiones casi uno debe alegrarse y no maldecir que a nuestro zapato se le haya adherido una pasta apestosa, de origen perruno, porque “trae suerte”?

Curioso. Que el deshecho inmundo, la mierda, sea la mayor suerte, es, como mínimo, paradójico.

Una tarde, M. nos invitó a acompañarle a recoger a una amiga y compatriota alemana y, de vuelta, también el abono para la tierra. La nieve había mudado definitivamente, empezaba la primavera, todo deseaba crecer pero faltaba alimento.

Nuestra actitud siempre dispuesta pronunció ¡por supuesto!.

Tras recorrer 25 kms. curvilíneos entre montañas en una “furgo-60km/h”, recogimos a la amiga. Ya de regreso, preguntamos por el abono. “¡Sí! ¡Sí! Parrrarrremos en un altiplano cerrrca a recoguer el abono, bueno, el estiérrcol, quierro desir, el de las vacas del valle”, dijo M.

Ah…el estiércol. De las vacas.

Y de inmediato la furgo calló pues habíamos llegado a destino.

M. abrió las puertas traseras, repartió enormes palas (nunca habíamos tenido una entre las manos ¡cómo pesan!) , gavetas de goma (de las de albañil, que tampoco son ligeras), y nos señaló con su sonrisa el verde prado contiguo; su dulce acento de hippiealemánveinteañosencatalunya, sugirió “akí krreo k puede estarr bien”.

Silencio absoluto. Manadas de buitres sobrevolando el valle. El eco del talan talan de algunas vacas que pastaban más allá. Un murmullo de manantial que vertía las primeras aguas del deshielo. Ráfagas de aire que enfriaban manos y narices.

Y el prado verde sembrado de enormes tartas color chocolate que iban a suponer el manjar de los manjares para las lechugas, los tomates, los pepinos, las coles, las zanahorias, el ruibarbo, las cebollas…Simplemente, un olor si cabe más profundo a hierba. Nada más. Una tarta tras otra iban llenando los cubos que M. trasladaba a un gran saco.

Durante una hora, sólo perturbamos la banda sonora natural con el rítmico roce de nuestras palas en la tierra, sintiéndonos casi furtivos al llevarnos un tesoro que se nos ofrecía tan generosamente.

Mucha mierda, casi una tonelada. La recogimos una tarde como obsequio precioso del ciclo de vida natural. Afortunadas.

Esa fue la gran suerte que nos trajo esta mierda, mudar nuestra mirada.

estiércol de vaca

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