mucha agua y poca ducha

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Ha llovido mucho esta primavera, sí.

Y mientras las huertas, los campos, las plantas, los pájaros y los caminos recibían su ducha semanal -semanal de toda una semana de 7 días-, nos tocaba esperar turno para la nuestra. Era una ducha solar.

En una ducha solar, sin sol, no se calienta el agua y no hay bomba que la bombee: por tanto, ¡para otro día la ducha tan deseada y reconfortante! (lo de la ‘ducha fría’, que en mi adolescencia devotas voces recomendaban por lo bajini, aunque para otros menesteres, como que no).

Sentadas al borde de la mañana con los pies colgando, como aquella peli nada memorable, mirábamos al cielo y esperábamos pacientes que llegara por fin la ocasión de abandonar la limpieza gatuna y envolvernos en una mullida toalla tras un chorro caliente y jabonoso. Estaba claro que el cielo miraba hacia otro lado.

Nuestra espera fue al fin recompensada: una tarde de sábado, nuestros hosters salían de fin de semana. Viendo que no amainaría la lluvia, nos ofrecieron generosos su baño para tomar esa ducha tan ansiada y ya necesaria, imprescindible.

¡Qué vieron nuestros ojos! Una bañera redonda de piedra, de cuyo grifo manaba agua caliente procedente de un termo de leña, suaves toallas, una estancia caldeada…¡qué gozada! Fue una tarde de alivio, confort, bienestar.

Nos secamos al calor del fuego y frente a la hoguera, leímos unas cuantas horas.

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