comida en el cementerio

Entorno del cementerio de Vilanova de la Sal

3 de junio – cuatro mujeres compartiendo pan, queso y vino en los campos circundantes al cementerio de Vilanova de la Sal; y momentos de intimidad, de ricos silencios, de miradas curiosas, de felicidad compartida.

3 días antes – llevábamos un día alojadas en casa de nuestro nuevo hoster en Balaguer. Jordi lleva más de doce años alojando viajeros en su casa; todo aquél que se lo solicita es bienvenido. Busca compartir, conocer, aprender. A lo largo de todos estos años han pasado por su casa unas 1.200 personas, ¡que se dice rápido!, de todas partes del mundo.

Jordi, el “coleccionista de viajantes”, lo bautizamos.

Dos nuevas personas llegaron esa tarde, de Francia, dos mujeres. Fue la primera vez que nos veíamos, pero fue como si nuestras almas ya hubiesen sido compañeras de vida. El cariño afloró de inmediato, casi sin mediar palabra. Béa tenía el cuerpo lo suficientemente robusto para cargar y sobrellevar las historias de su vida sin por ello perder la sonrisa ni el sentido del humor, como mi compañera de colesicabras. Lisa tenía el pelo cano como yo (¡y no nos los teñimos!), compartíamos apellido (quién sabe si nuestros ancestros fueron familia) y coincidíamos también en el ritmo de nuestro caminar.

Pasamos tres cortas jornadas juntas pero parece que fue suficiente para que nuestras almas se pusiesen al día. Lo suficiente para que una comida al lado del cementerio pusiese el colofón a un maravilloso re-encuentro.

¡Otro gran regalo de colesicabras!

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