tarde de moras

Salimos de paseo; luce el sol de otoño, que a primera hora de la tarde calienta aún con orgullo de rey astral el rostro y el pecho.

La brisa es dulce, y a medida que los ojos se acostumbran de nuevo ‘a ver’ el campo, tras tantos días, en los márgenes del camino se van revelando frutos escondidos: son, entre otras, las zarzamoras, que llorarán si pasamos sin hacerles caso, nos dicen. Así que hoy ¡merendamos moras!. ¡Cuántos años…!

Y vamos picando moras cual abejitas de aquí y de allá, todas deliciosas, en su punto, cuando vierten su goloso jugo colorado al reventar en la boca. Podríamos recorrer los caminos cuatro, ocho veces, y no las acabaríamos, de tan colmado que está el campo de estas gominolas naturales.

Caminando y merendando nos llegamos hasta el siguiente pueblecito. Lo cruzamos, qué bonito también, y nos volvemos por el camino de abajo. Y una perrita color negro que nos sigue, y nos sigue, y no nos deja hasta llegar de nuevo a nuestra casa. Unos vecinos que comentan:

-Anda, si la Morita va con vosotras. ¡Morita!

-Ah! pero ¿se llama Mora en serio?

-Pues claro, si ésta es del pueblo vecino. No os preocupéis que viene y va siempre, ya se sabe el camino…

Está visto, pues, una espléndida tarde de ‘moras’.

tarde de moras

 

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